23/5/09

Las gafas de Rosa Aguilar

Acabo de darme cuenta. No es que Rosa Aguilar haya cambiado de chaqueta; ha cambiado de gafas.
Habitualmente, los políticos no se dejan fotografiar en situaciones incómodas: fumando, con un vaso en la mano, sudando, comiendo, discutiendo... e, incluso, en algunos casos, con gafas (lógicamente, en el caso de que puedan evitarlas). Supongo que será porque piensan que les hace parecer inferiores, imperfectos, humanos.
Lo de las gafas cambió, y ahora se utilizan como herramienta para resaltar la faceta intelectual (o, al menos, la lectora) del personaje. [Por cierto, que cada vez son más los políticos que se muestran sin pudor con un pitillo entre los dedos; ya hablaremos de eso].
Y en estas, aparecieron las gafas rosas de Rosa.


Estas fueron las gafas de dirigir plenos, vociferar en mítines y pronunciar pregones. Unas gafas alegres, modernas, atrevidas..
Pero como las cosas están para complicarlas, se ve que la ex había aprovechado la campaña dos-por-uno de Afflelou, y llevaba otro par en el bolso, con el agravante de que no sabía qué hacer con ellas.



Se dio cuenta de que, para estas gafas, necesitaba otro trabajo, y aceptó la llamada de Pepe Griñán. Ahora utiliza esta montura sobria, clásica... perfecta para consultar planos, expedientes y contratos. Ahora, que no tiene que dirigir plenos, vociferar en mítines ni pronunciar pregones ¿con qué se va a poner las gafas rosas?
Como me confieso culpable de cualquier delito de lesa elegancia que se me pudiera imputar, me reservo mi opinión sobre qué lentes le sientan mejor.
Me quedo con una imagen de hace años

en la que Rosa Aguilar nos mira a los ojos, limpiamente, directamente. Sin escuchar modas. Sin interponer cristales.

28/4/09

Diez años con Rosa

Conocí a Rosa Aguilar a finales de 1986.
Por aquel entonces, era una joven y prometedora concejala del PCE que había accedido a un sillón capitular arrastrada por el tsunami con que Julio Anguita zarandeó (diecisiete concejales de veintisiete) aquel ayuntamiento recién democrático. Rosa quiso aprovechar su tren y aceptó una de esas áreas municipales desaboridas, Disciplina Urbanística, y gritar sin eco en la Diputación de las mayorías absolutas que aquella legislatura presidía José Miguel Salinas (y donde también debutaba un lampiño alcalde de Fuente Obejuna, de nombre José Mellado, con quien fue encontrándose y desencontrándose en los años sucesivos).
El tiempo ha nublado aquellas imágenes, pero aún me llega con suficiente nitidez el recuerdo de ciertas sensaciones, entre ellas la de que aquella política de izquierdas, que en Comisiones Obreras seguían conociendo como Quina, olía a papel protagonista (¡cuántos actores de reparto, de los de aquellos primeros tiempos de la democracia, se han ido quedando fuera de los rodajes...!).
Anguita -precursor de los alcaldes dimisionarios- premió el trabajo de la ya rebautizada Rosa Aguilar y la enganchó a su rebufo, lo que la llevó primero hasta San Hermenegildo y después hasta San Jerónimo. Mientras trabajó en los parlamentos de Sevilla y de Madrid, se hizo más difícil verla por Córdoba, hasta que la nueva Izquierda Unida la situó al frente de la dirección provincial, y la obligó a pasarse por casa una o dos veces por semana. Sus comparecencias en la sede de Ambrosio de Morales se fueron espaciando al mismo tiempo que se convertía en una de las habituales de la tribuna de oradores de las Cortes. Cada vez era más frecuente verla por la tele que en persona.
Y así hasta 1999. Herminio Trigo había encallado en los juzgados el buque insignia de Izquierda Unida, y Rosa Aguilar regresó a Córdoba para recuperar la alcaldía. Por primera vez se arrojaba al vacío sin el paracaídas de Anguita, colocando su nombre el primero de una papeleta electoral que no recogió todos los aplausos que esperaba, ni en su elaboración, ni en su presentación, ni en el escrutinio. Pese a ello, entró por la puerta de Capitulares dispuesta a hacer suya la sexta legislatura, sin atender a que en la Junta de Portavoces se sentaban el último alcalde (Rafael Merino), el anterior presidente de la Diputación (José Mellado) y el único sostén de IU durante la travesía del desierto (Andrés Ocaña). Había vuelto para ser alcaldesa, y no iba a cambiar su escaño en el Congreso por un sillón en los bancos de la oposición.
Consciente de que en política lo difícil no es mantenerse sino llegar, se enfundó el chubasquero de escurrir críticas internas, externas, propias y ajenas. Consciente de su capacidad, pidió tiempo y paciencia a seguidores, detractores, amigos y enemigos. Consciente de su superioridad en el cuerpo a cuerpo, se tiró a la calle en busca de las cordobesas y cordobeses, se arrojó a los brazos de los medios de comunicación para remachar su presencia social y afianzar su liderazgo, y se hizo perejil de todas las salsas: conocimos a la Rosa peñista, motera, cofrade, cercana, monárquica, viajera, futbolera, emotiva, rociera, solidaria, religiosa... La vimos recibiendo a reyes y consolando a plebeyos; la vimos encabezando manifestaciones y homenajeando a banqueros; la vimos en la Pasarela Cibeles y de perol en La Palomera.
No es fácil simplificar la última década de Rosa Aguilar. Y menos si pretendes hacerlo desde una triple perspectiva: alcaldesa-ciudadano, política-periodista, amiga-amigo.
Como vecino, comparto el diagnóstico generalizado: luces y sombras. Pitos y palmas que le han valido en alguna ocasión para salir por la puerta grande, y para abandonar el coso con escolta policial, en otras. Lo mejor, sin duda, la imagen de ciudad que ha sido capaz de proyectar al exterior; lo peor, los muchos proyectos (grandes y pequeños) inacabados. No siempre se rodeó de los mejores, y en el pecado llevó su penitencia.
Como periodista, he disfrutado y sufrido con su obsesión mediática. Aguilar es maestra en regalar complicidades, despachar protagonismos y escurrir confidencias. Pocos políticos ha habido en España con una relación con la prensa tan hipnótica como la extinta alcaldesa; pocos han sabido embaucar, contentar y seducir a los plumillas como ella; pocos han aprendido a agasajar con un gesto, una sonrisa, a quienes acudían -por obligación- a escucharla. Aunque sus colaboradores más cercanos terminan por denunciar la exigencia, la presión y la dedicación a la que obliga Rosa Aguilar, compartir momentos de trabajo -a tiempo parcial- ha venido a ser, en líneas generales, gratificante.
Y como amigo... En mi relación con Rosa siempre he tenido la sensación de ser más amigo de ella, que ella de mí. Nadie puede ser tan amable, tan cordial, tan solícito, tan generoso, tan encantador... sin que quepa la duda de la sinceridad. Dudo de que haya alguien con más amigos que esta mujer, y estoy convencido de que la inmensa mayoría de ellos piensan que, en su caso, sí se trata de una relación recíproca y correspondida. El tiempo te enseña a valorar los gestos, los desaires, las muestras de afabilidad, los desencuentros; aprendes a colocarte en el lugar del otro para intentar discernir qué hay de auténtico en el saludo, en el beso, en la charla...
El día en que Rosa Aguilar anunció que se iba, todos los que nos encontramos en su círculo de influencia -más cerca o más lejos del núcleo- supimos que era el fin de una etapa. Algunos respiraron aliviados, otros suspiraron esperanzados, otros se atragantaron. Seguiremos escuchando los mismos mensajes (“Cordobesas y cordobeses...”, “Es esencial y fundamental...”, “Mi único compromiso es Córdoba...”), aunque cada vez más lejanos, y seguirá habiendo quienes se los crean y quienes no.
Yo continuaré interpretándolos desde mi triple paradigma. Y añorando, ¿por qué no reconocerlo?, aquel lejano 1986, cuando conocí a una joven y prometedora concejala del PCE que había accedido a un sillón capitular arrastrada por el tsunami de Julio Anguita...

19/4/09

Soneto al hartazgo dominical

Harto de ver a Alonso dando vueltas,
de oír que Martitegi está en el trullo,
de interpretar a columnistas cuyo
único fin es hilar palabras sueltas.

Cansado de ver pelis (serie B),
de no encontrar mesa en la Corredera,
de estar pendiente de una delantera
que sólo mete goles con el pie.

Hastiado de buscar alternativas
y apenas conseguir dar un respingo.
De navegar remansos de aguas vivas...

De intuir que seré carne de bingo...
De vagar y rendir expectativas...
No puedo más. ¡Qué hartura de domingo!

17/4/09

Córdoba en mayo

Se acerca mayo y se aleja Córdoba.
Hace ya bastantes años que nuestros mandamases se empeñan en reinventar el calendario. Mientras que en el resto del mundo el año dura 365 días, en Córdoba nos empeñamos en condensar el tiempo en un mes, con nombre de abeja, que se vuelve enorme, espeso, inabarcable...
Como yo soy de los que peinan canas, tengo margen para echar la vista atrás y recordar mis primeros mayos. Y, o tengo poca memoria, o a mí esto me lo han cambiado. Cuando yo era pequeño, el mayo lúdico-festivo empezaba con una visita a una cruz (a ser posible, la del barrio), seguía con un perol en Linares (o en el arroyo Pedroches, si te entraba hambre pronto), y terminaba con la feria: un par de vueltas en los coches de tope, una tajada de coco, una tortilla en la caseta del PCE y un par de porros oyendo un concierto en la caseta de Medicina.
Pero de pronto apareció algún ansioso y se entretuvo en rellenar los días -todos los días- de festejos, pasacalles, eventos, desfiles, conciertos, exposiciones, paseos, pregones, veladas, cabalgatas, visitas, performances y fuegos artificiales.
Un amigo de fuera me dice que el mes de mayo no está diseñado para los cordobeses. Que es como los sanfermines o las fallas, donde sólo disfruta el que viene de lejos. Serán -ya digo- las canas, pero cada vez le doy más la razón.
¿No sería más lógico celebrar la fiesta de los Patios en abril y la cata del vino en septiembre? ¿Por qué hay que programar Cabalcor en mayo? ¿Y el Festival de Blues?
Al final, el 99% de las actividades turístico-culturales-festivas se concentran en un par de meses o tres. Semana Santa, Cosmopoética, Feria del Libro, Mayo, Noche Blanca y Festival de la Guitarra... y luego, el páramo.
Pero, bueno. Nos toca, encima, representar el papel de cordobitas, y presumir de lo bien que nos lo pasamos y de que no sabemos a dónde acudir.
Se acerca mayo y, más de uno, querría alejarse.

23/3/09

La invasión de los caracoles

Aunque parezca el título de una película de ciencia ficción -nada más lejos de mi intención que sembrar la alarma-, sólo quiero proponer una reflexión: ¡qué de puestos de caracoles se han abierto este año!
Centenares de millones de estos gasterópodos ocupan, desde hace algunas semanas, nuestras plazas, jardines y aceras. Eso sí, a fuerza de hervir en los peroles, los desgraciados animalillos apenas si pueden disfrutar de la invasión, y sólo -como el Cid Campeador- se apuntan la victoria después de muertos.
Y conste que a mí me gustan. Chicos y gordos, picantones y cabrillas. Me gustan por su sabor y, sobre todo, por lo que mantienen de aperitivo de pueblo, humilde y tradicional. ¡Cuántos recuerdos acompañan a cada trago caliente -muy caliente- de caldo con sabor a hierbabuena y cáscara de naranja!
Además dicen que estos moluscos son de lo más nutritivo. Contienen el 98% de los aminoácidos esenciales para el ser humano; el 80% de su carne es agua, y rica en sales minerales y vitaminas; alcanzan hasta un 16% de valor proteínico, y apenas un 0,5% de aporte graso. ¡Pues por eso va a ser que, cada día, los cordobeses damos buena cuenta de casi 3.000 kilos de caracoles –tacita arriba, tacita abajo-…!
Tal es nuestra voracidad que a lo mejor habrá que poner en marcha un ‘Proyecto Caracol’ con el que garantizar la supervivencia de la especie. Por de pronto, en su inmensa mayoría provienen del Maghreb, donde se continúa ‘recolectando’ (¿se dice así?) del campo. Aquí, en la península, se ha intentado con la cría extensiva en invernadero, aunque parece que no cuaja y tendremos que seguir exterminando los caracoles morunos.
Pero la invasión a la que me refería era a la de los puestos. Por llamarles algo. ¡Qué distintas las carpas que se montan ahora! Con veladores, cuartos de baño y agua corriente, televisor y aire acondicionado. Veintisiete se han instalado, dicen que por la crisis; debe de ser la única ratio en la que lideramos todos los indicadores. Seguro que mis amigos del Carril Bici, y los de la Comisión de Barreras, y los de la Accesibilidad al Casco, y las asociaciones vecinales... tienen algo que decir, y con razón, acerca de este subarriendo de los espacios públicos.
Yo, por mi parte, lo único que voy a hacer es proponer a la Gerencia de Urbanismo una reserva de suelo -dotacional o de equipamiento- para estos chiringuitos.
Bueno, mejor me espero, no sea que les prescriba otra multa y me echen a mí la culpa.

19/3/09

El día del padre

Cuando yo era pequeño, el 19 de marzo era el día de San José Obrero. A tan tierna edad, no alcanzaba a vislumbrar que aquella celebración no era sino el resultado de sumar el día de San José (el esposo de María) y el día de San José (el humilde obrero de Nazaret a quien Pío XII elevó a próvido guardián de los trabajadores).
Como el sumo pontífice tuvo la feliz ocurrencia de colocar la festividad de San José Obrero el 1 de mayo -y el régimen de la época (1955) no estaba por dar día libre en fecha tan señalada-, durante años, los currelas celebraron el día del Trabajo en marzo, bajo la advocación del divino consorte.
Luego llegó El Corte Inglés (antes Galerías Preciados) y se inventó el día del Padre. Los mayores recordarán cómo en enero nos regalaban una hucha de lata, para que fuéramos echando allí nuestros ahorrillos; después nos llevaban en autocar a la supertienda, abrían la alcancia -en presencia de un notario, casi- y nos invitaban a convertir las pesetillas en un digno presente filial (el cenicero de barro es una aportación posterior, coetánea del marco de macarrones del día de la Madre).
Yo, que seguía sin enterarme de la película, al ver escrito en mayúsculas 'el Día del Padre', perdí muchas horas de mi ocio infantil buscando un regalo con el que quedar bien ante el Altísimo, y preguntándome para qué querría el Creador un bote de litro de Varón Dandy.
Por fin un día -prefiero ocultar el momento exacto- advertí que la jornada festejaba el día de los padres, de todos los padres. Pero entonces mi desconcierto fue aún mayor: ¿a quién se le habría ocurrido elegir patrón de los padres a San José?
A mí se me ocurren treinta o cuarenta santos varones con mejor currículum -algunos aún viven- para ostentar tal distinción. Siempre he visto en San José a un abuelete -¿qué quieres? el de mi portal de belén tenía pinta de jubilado- intentando convencerse a sí mismo de que su joven y bella esposa había quedado encinta por la gracia -nunca mejor dicho- de Dios. La historia terminó el día en que leí lo del padre putativo -con perdón-. Pater putativus: persona que se tiene por padre de otro no siéndolo.
¡Qué curiosas las siglas -PP- con que los antiguos lectores de las sagradas escrituras abreviaron el nombre! Y qué curioso que ahora los modernos lectores de los evangelios y el PP, entre otros, traten de evitar que algunos padres -evidentemente, me refiero a los de las parejas homosexuales- reconozcan como propios a los hijos biológicos de sus cónyuges.
Por su culpa se quedarán sin cenicero.

6/3/09

Un mundo con fin

Un cuñado que presume de conocer mis gustos literarios me regaló esta Navidad 'Un mundo sin fin'. Cuando observó mi rictus al deshacer el paquete, se 'mediodisculpó' pretendiendo haberme oído hablar bien de 'Los pilares de la tierra'. A pesar de esta infamia, por aquello de mantener vivas las relaciones familiares me volví a dejar conducir por Ken Follet a través del Kingsbridge medieval.
(Antes de seguir leyendo, querido amigo, te advierto de que pienso destripar el final del libro; esto es por si, pese a todo, sigues mostrando interés en perder el tiempo con ese montón de hojas de papel, pensado para tintar otros miles de montones de hojas de papel... moneda)
El hombre tiene obsesión por tropezar dos veces con la misma piedra (yo pensaba que era el único animal capaz de hacerlo, hasta que descubrí lo fácil que es tomarle el pelo a mi perro) y yo, cómo no, lo hise ('hise': homenaje a Pepe Rubianes, que por fin descansa en paz harto de convivir con tanto imbécil). Esta humilde crítica literaria pretende, únicamente, ahorraros el sufrimiento por el que yo he pasado:
Amigas, amigos. Alejaos de Ken Follet. Y, sobre todo, de Merthin, de Caris, de Philemon, de Godwin... de los quince millones de personajes -uno arriba, uno abajo- que rellenan las miles de páginas del tocho. ¿Alguien recuerda a un protagonista más desafortunado (“Ay, mísero de mí. Ay, infelice”), a un personaje a quien le ocurran más desgracias, a un ser con más paciencia y con más mala suerte, que los 'buenos' de 'Los pilares de la tierra' y sus bisnietos de 'Un mundo sin fin'? Y los malos ¿quién es capaz de darme el nombre de un individuo más depravado y con más mala leche que los que el Follet se inventa para putear al personal?
Supongo que este creador de best-seller estará dispuesto a continuar la saga (a ver quién apaga una máquina de hacer dinero), pero, por lo que a mí respecta, a ese mundo le llegó el fin: la peste terminó con los pocos siervos que Ken Follet dejó vivos, el derrumbe del puente ahogó a todos los mercaderes de Shiring y el conde malvado asesinó a todos sus bastardos y a todas las mujeres a las que ultrajó; los monjes perversos ardieron en las hogueras, y el mal gobierno de los nobles causó la pérdida de todas las catedrales, las torres, las posadas y los hospitales de Inglaterra.
Y que, a quien vea a mi cuñado con un libro para mí y no me lo advierta, se le seque la yerbabuena.

25/2/09

El tío del mazo

Mañana me voy al carrefour a comprarme un mazo.
Todo viene a partir de ver por la tele la escena más repetida de la campaña electoral vascogallega, que no es otra que la confluencia cósmica de un ciudadano-hasta-los-huevos, una herrikotaberna y un mazo, con los resultados largamente previsibles.
Que digo yo que, sin entrar en lo desmedido de la respuesta, estas cosas te deben dejar a gusto. ¿Te imaginas entrar en el despacho del jefe con ese ímpetu? ¿O en el negociado de concesión de licencias?
A los aficionados al ciclismo les sonará esta expresión, “el tío del mazo”, porque la utiliza el inefable Perico para referirse al bajonazo que le entra de cuando en cuando a alguno de los corredores que pretenden subir el Tourmalet a ritmo de samba. Ahora, visto lo de Lazkao, cobra otra dimensión, pelín más dramática.
Yo, en cualquier caso, como soy de natural pacífico, voy a buscar un artilugio menos contundente, tipo escoba, porque, en definitiva, qué sacamos con destrozar puertas y cristales si dejamos en pie las barreras... Y esas no se echan abajo así como así.
El tío del mazo se ha hecho famoso, héroe para unos, villano para otros, aunque el final sea el de siempre, el del exilio forzoso. Ahora se le abren varias alternativas: a) regresar (a ser posible acompañado) pertrechado de mazos y escobas, b) pedir asilo político lejos de quienes le amenazan (y además se molestan porque les amenacen) o c) agazaparse en una curva a esperar ciclistas.
Me pido la d).

24/2/09

Me tengo que hacer una foto

Me ha dado por ponerme a repasar las fotos de mis 'amigos' de 'feisbuc' y he sacado, como primera -y única- conclusión que me tengo que hacer una foto.
No sé cómo he tardado tanto en darme cuenta de que la 'feis' es la 'feis' (y de que, en realidad, aquí hay poco 'buc'). Observo cómo mis 'amigos' y los 'amigos' de mis 'amigos' sí que se lo curran: el 'feisbuc' viene a ser como el álbum de fotos que guarda mi madre en un cajón de la cómoda, pero sin desencuadernar y con el fijador mejor aplicado.
Y no hablo sólo de la imagen. Cuando digo que me tengo que retratar me refiero a algo más que al momento mágico en que un aparatejo consigue tintar un trozo de papel con una imagen (que a mí, cuarenta años viendo fotos, me sigue pareciendo un misterio). Veo cómo cada cual se posiciona, se une a grupos y clubes selectos, se rodea de buenos 'amigos' y lanza grafittis a su muro (o al del vecino, que sale más barato) para enviar señales. Hay que meditar qué pasos dar, porque todos tenemos un pasado y corremos el riesgo de que un antiguo compañero de tuna termine por encontrarnos el rastro...
Me voy a dar un par de días para encontrar un photomatón (¿quedan?). Luego vuelvo y os la enseño.

23/2/09

El cazador cazado

De joven solía contar un chiste que, al menos a mí, me parecía simpático:
Un niño -pequeño- llega a la cocina, donde su madre está preparando el almuerzo, con la mochila a la espalda y le dice: “-Mamá, me voy de caza...”, y al ver que no le hace ni caso, remata la frase: “... para ziempre”. Seguro que cuando invitaron a Mariano Fernández Bermejo a salir de caza, el ex ministro no sabía que era un 'zalir' para no volver.
Si para algo ha servido esta dimisión, ha sido para que los tertulianos y columnistas exhiban su acervo popular. La verdad es que, como diría aquel, se lo han puesto a huevo, y ahora no hay quien calle a los fedeguicos, alsinas y pedrojotas.
“Hombre que lejos va a cazar o va engañado o va a engañar”, “La razón del cazador: a una mentira, otra mayor”, “En la caza y los amores, mil sinsabores”, “Si quieres ser cornudo, anda de caza a menudo”, “Cuando el galgo se estiraza, mal día de caza”, “Al mejor cazador se le va la liebre”, “Levanta uno la caza y otro la mata”...
En un primer análisis, el que más debería gustar a Rajoy es ese de “Pájaro que vuela, a la cazuela” pero, ojo, que hay algún otro que tendría que hacer reflexionar al líder pepero -por si las moscas-, que va de cacerías y de plantígrados.
Donmariano ha puesto a la venta la piel del oso equivocado, y ahora tiene que tragarse un sapo como un madroño: con la que estaba cayendo en la puerta del Ministerio, y ahora le recetan un curso acelerado de 'Ética y estética en la asunción de responsabilidades políticas', en cinco capítulos (uno para cada día de campaña). Se ve que el oso, antes de dejarse el pellejo, se despidió con un abrazo.
Porque, al final ¿a quién se estaban refiriendo cuando hablaban del 'cazador cazado'?