10/12/11

El tamaño del pene

Observando el nivel de quienes ostentan la responsabilidad de dirigir nuestros destinos, gastar nuestros dineros y tomar las decisiones en nuestro nombre, uno llega a la conclusión de que el actual sistema de elección de representantes tiene bastantes lagunas.
Partimos de un modelo viciado en origen, en el que sólo son elegibles aquellos que han superado en sus partidos un proceso interno habitualmente opaco e injusto, donde suelen triunfar aptitudes, atributos y cualidades que poco -o nada- tienen que ver con las aptitudes, los atributos y las cualidades que deberían de iluminar el ulterior desempeño del cargo para el que indirecta y remotamente salen ungidos. Quienes logran imponerse en el congreso de su formación política, no lo hacen demostrando sus dotes de gobierno ni sus habilidades para la gestión, sino que les basta con exhibir sus facultades para la intriga y el medro, sus dotes de seducción y su buen ojo a la hora de pergeñar alianzas, pactos y complicidades. Con este formato, a menudo quienes terminan por capitanear las naves y afrontar complejas singladuras no lucen en su triste currículum otras virtudes que las del blancor de sus sonrisas, el grosor de sus carteras o -todavía peor- el peso de sus billeteras. Algo así como escoger al jefe de la tribu por el tamaño de su pene.
Cuentan que, cuando a uno de los colaboradores de Kennedy le preguntaron si le creía capaz de imponerse a Nixon en las elecciones de 1960, contestó que para ser presidente de Estados Unidos sólo es necesario ser alto, rico y saber hablar. Richard Nixon acudió al debate televisado -el primero de la historia- sin afeitar, sin maquillar y sin camuflar en su rostro las secuelas de un par de semanas de hospitalización; contra pronóstico, ganó el guapo.
Otro ejemplo: la designación de Rasputín como consejero del último zar de todas las Rusias se basó en su pericia para detener las frecuentes hemorragias que desangraban al zarévich. Bueno, en eso y en la fascinación que provocaba en la zarina Alejandra. (Por cierto -y hablando de penes- en un museo de San Petersburgo conservan en formol el falo de más de veintiocho centímetros que -se supone- paseó en vida el Monje Loco).
Afortunadamente, ya no es posible que una reina -María Luisa de Parma, por ejemplo- haga nombrar primer ministro a uno de sus amantes -por ejemplo, a Manuel Godoy- y sólo queda para el anecdotario el listado de políticos que escalan el escalafón a golpe de hormonas (¿qué fue de aquella Cicciolina que ofreció su cuerpo a Saddam Hussein para evitar la Guerra del Golfo?), pero continúan imponiéndose criterios espurios que, con el paso del tiempo, convierten en lodo aquellos polvos (con perdón).
Mientras que la política siga siendo una profesión (muchos de los ministros empezaron de concejales en su pueblo, como el cursus honorum de los romanos) y tengamos que conformarnos con elegir entre listas cerradas (menú del día: tres primeros, tres segundos, pan, vino y postre), los méritos que encumbren a unos y a otros no serán -sálvese el que pueda- los que en realidad convienen a la mayoría.
Al final va a resultar que el tamaño sí importa.

27/11/11

... y todos los demás han perdido

Yo nunca he estado en el Congreso, ni siquiera de visita (bueno, una vez me hice una foto con uno de los leones, pero eso no cuenta). Quizás por eso me cueste tanto navegar por los recovecos del parlamentarismo.
Nuestro ordenamiento jurídico tiene entre sus objetivos propugnar el pluralismo político (artículo 1 de la constitución) y garantizar su reflejo en las cortes (artículo 66.1), pero no resuelve cómo llevarlo a la práctica. No explica qué hacer con los ciento sesenta y cuatro diputados -representantes de doce de los trece partidos políticos del hemiciclo- que, cuando se constituya el próximo parlamento, y conforme a la legítima aritmética, quedarán eximidos de su obligación -y de su derecho- de nombrar al presidente del gobierno y exentos de cualquier responsabilidad legislativa.
Esta situación, que se hará especialmente patente en la legislatura que viene, ni es nueva ni es exclusiva de las mayorías apabullantes. Por muy exiguos que sean los apoyos salidos de las urnas, siempre aparecen las sumas y componendas precisas para que la mitad más uno anule y arrodille -de "rodillo"- al resto. Después dirán que cada uno interpreta su papel en el teatro de la Carrera de San Jerónimo y que hay un día a día de trabajo de despacho, elaboración de propuestas, enmiendas y proyectos que nunca vemos, pero se quedarán sin argumentos en cuanto se les cuele la imagen de un humilde portavoz de grupo mixto perorando ante centenares de escaños irrespetuosamente vacíos, reflejo de la más cruda realidad: millones de votos se quedan sin voz (papeletas inútiles que, sumadas a las centenares de miles que se pierden en el escrutinio, invitan, convocatoria tras convocatoria, a la concentración de fuerzas, al voto útil y a los acuerdos preelectorales; en suma: al bipartidismo y a la desideologización).
Puesto que el objetivo final de los diputados es elegir gobierno y dictar leyes -eso es, al menos, lo que nos dijeron durante la campaña- sólo el Partido Popular se ha salvado de la quema, por mucho que todos los políticos -sin excepción- exhiban su capacidad de hallar entre los restos del naufragio un dato positivo sobre el que edificar -sólo de cara a la galería- un discurso optimista, ilusionante y esperanzador. Nadie debería de conformarse con crecer (si ese crecimiento sigue resultando insuficiente y estéril), o con formar grupo parlamentario propio (a no ser que únicamente se persiga el lucimiento del líder). Ni satisfacen las victorias morales, ni consuelan las dulces derrotas, y yerra el que acepta ser refugio de descontentos y del voto de castigo. Kavafis se equivocó (al menos, cuando el viaje a Ítaca pasa por las Cortes), porque el camino aquí no es lo que importa, sino la meta. Sólo la meta.
Es evidente que el sistema ya no funciona -si es que alguna vez lo hizo- y que ha llegado la hora de corregirlo. Ya no es necesaria una ley d'Hont que garantice gobiernos estables, ni que una obsoleta asignación de diputados por circunscripciones provinciales castigue a las minorías con la excusa de evitar atropellos territoriales. Ya prescribió nuestra presunta bisoñez democrática que durante décadas excluyó a los ciudadanos de los grandes debates de estado (¿cuándo nos dejarán opinar sobre el rey y la forma de gobierno, el modelo autonómico, el federalismo o la ley electoral?).
Cada vez que se celebran unas elecciones -las eufemísticas "fiestas de la democracia"- sólo unos ganan y todos los demás pierden. ¡Pues vaya una fiesta! Después volverán a sorprenderse y a mostrar su honda preocupación cuando la indignación abarrote las plazas y el porcentaje de abstencionistas les recuerde que el desafecto hacia la clase política y las instituciones ha terminado por reemplazar a la confianza y el compromiso.
Pero es que la democracia no era esto.

21/11/11

El PP no ha ganado...

Con la calculadora en la mano, el Partido Popular no ha ganado estas elecciones. No estoy diciendo que no haya sido el partido más votado -que es evidente-, ni que el próximo gobierno vaya a carecer de legitimidad -186 diputados son la envidia de cualquier presidente-. Digo que, en lugar de ir a ganar, su estrategia ha consistido en aguardar la derrota del rival. El resultado es igual de válido, pero no es lo mismo.
Desde que se restauró la democracia en España, ha habido cuatro relevos en la Moncloa y los tres primeros llegaron avalados por espectaculares crecimientos en los números del aspirante a la corona.
Octubre de 1982: Felipe González arrebató 4,6 millones de papeletas a otras formaciones y pasó de 5,4 a 10,1 millones de apoyos. Marzo de 1996: con 4,4 millones de nuevos votantes, José María Aznar destrozó el techo de su partido y elevó los 5,2 millones que votaron PP en 1989 hasta los 9,7 millones de su primera mayoría. Marzo de 2004: José Luis Rodríguez Zapatero se hizo con la presidencia tras conseguir que le votaran 3,1 millones de electores de otros partidos (creció de 7,9 a 11 millones de votos).
Sin embargo, en noviembre de 2011, con todo el viento a favor y postulándose como la única salida a la crisis, Mariano Rajoy apenas si ha conseguido 550 mil nuevos votantes (tanto Izquierda Unida como UPyD han crecido bastante más), para convertir los 10,2 millones de sufragios de 2008 en los 10,8 millones del pasado domingo.
Con todo, hay que reconocer que la estrategia de campaña ha resultado impecable. El presidente electo ha renunciado a intercambiar votos por promesas imposibles de cumplir y se ha conformado con su colchón electoral, suficientemente mullido. Sabedor de que el rival se desangraba, se ha aplicado concienzudamente en un asedio constante aunque permeable (para consentir deserciones y fugas) y ha dado aliento a una guerrilla (los enemigos de mis enemigos son mis amigos) que ha contribuido a rendir las defensas por los cuatro costados. Rajoy se ha sentado a esperar al cortejo que portaba al cadáver de su enemigo y ha aprovechado el pasillo que abría para colarse hasta la cocina sin mancharse los pies de barro.
Y es que así no se las ponían ni a Fernando VII. En un insólito ejercicio de generosidad política, el PSOE ha repartido más de cuatro millones de votos a diestro y siniestro. Ha prestado cuatro años de gloria a un Cayo Lara que andaba con el dogal echado -a la espera del tiro de gracia- desde las últimas municipales, ha concedido voz y espacio a los jacobinos de Rosa Díez -cuando ni ellos se ponen de acuerdo en qué decir o en dónde situarse- y ha regalado el gobierno vasco -el que haya de venir- a los nacionalistas con piel de cordero. Eso sí: en febrero, congreso ordinario para renovar las fotos y ponerse a la cola, que cuatro años -u ocho o doce- es nada.
Dentro de unas semanas, Rajoy accederá al hemiciclo y se sentará en el primer sillón azul (empezando a contar por la derecha), y lo hará pensando que cuenta con diez millones de cheques en blanco -quien nada ha prometido, en nada puede defraudar- y con una herencia que disculpará cualquier dato negativo que pueda llegar -que llegará- y cualquier decisión impopular que se vea obligado a acometer -que acometerá-. Pero que no olvide que su estrategia tiene un lunar: el PP ha despreciado conscientemente los votos prestados y ha dado el vuelco apoyado exclusivamente en sus incondicionales.
A ver cómo convence ahora a los catorce millones de españoles que eligieron otra papeleta.

10/11/11

¡Ay, Felipe de mi vida!


Hace unos días comí con Felipe González.
Bueno, no con él, pero sí junto a él. Lo suficientemente cerca, el tiempo suficiente y con la atención necesaria como para reflexionar acerca del actual escenario político, compararlo con el que disfrutamos/soportamos hace algunas décadas y extraer algunas conclusiones.
La primera de ellas es que -al margen de los méritos y aptitudes de González como gobernante, de su trayectoria como gestor, de su catadura moral o de su integridad como ideólogo- Felipe es el mejor político español de los -al menos- últimos ochenta años. El prócer socialista reúne, como nadie lo ha hecho, carisma, seguridad, atractivo y oratoria, las cuatro características esenciales del líder que le permitieron en su día -y todavía hoy- imponer sus tesis personales como certezas incuestionables, obtener un nivel de confiabilidad y respeto -entre propios y extraños- nunca conocido, y alcanzar de los suyos un grado de fidelidad y compromiso rayano al acto de fe.
Esta exhibición de poderío me lleva a la segunda de las reflexiones: por encima de la crisis económica, de confianza, de valores y sistémica se esconde una crisis de liderazgo. No sólo en el PSOE, no sólo en España, sino a nivel global. Lejos de afrontar un duelo de altura, las papeletas que se nos ofrezcan el 20N -y en las elecciones del resto de países de la UE- nos obligarán a optar entre lo malo y lo peor. Existe la percepción generalizada de que ninguno de los candidatos a habitar la Moncloa (u otros casoplones por el estilo) dejará una huella imborrable en la historia; de que estamos asistiendo a contiendas entre segundos espadas que en nada se parecen a aquellas en las que medían sus fuerzas Suárez, González, Aznar o Anguita; de que cada vez echaremos más de menos a Helmut Kohl, a François Miterrand o a Bettino Craxi (ni defiendo el cualquier-tiempo-pasado-fue-mejor ni soy partidario de la política-ficción, pero dudo de que los mercados se hubieran atrevido a retar a los líderes europeos de hace veinte años como lo están haciendo ahora).
La política, por encima de los partidos, se sustenta en las personas. En su capacidad de apasionar, de cohesionar, de conducir, de decidir y de convencer, y eso me acerca hasta la tercera -y última- de mis reflexiones: Rosa Aguilar nunca formará parte de la gran familia socialista. El almuerzo electoral de hace unos días fue un reencuentro de viejos amigos en el que contarse las canas y comparar las cicatrices -la mayoría, de heridas recíprocamente infligidas-, donde exhibir las armas y reclamar espacios, donde renovar promesas de lealtad y abrigo. Un momento idóneo para sacar de la cartera fotos amarillas en las que nunca aparece el rostro juvenil de esta recién llegada, una ocasión para recordar a antiguos compañeros y para rememorar otras comidas en otros lugares a los que jamás fue invitada. Y es que, si los viejos amigos no se olvidan, los viejos enemigos, menos, y nunca es tarde para servir un sorbete de venganza bien helado.
Los estrategas que, tras catorce o quince años de retiro espiritual y a punto de cumplir los setenta, planearon este regreso al pasado de Felipe González con la intención de aupar a Rubalcaba, no repararon en que Isidoro, que no sabe hacer de actor secundario, es un telonero que se lleva al público con él cuando se retira, como en Hamelin, después de hacer sonar la flauta, sin importarle que la reina del baile se encuentre de cuerpo presente -aunque de espíritu ausente- sin flashes que la encandilen, aplausos que la estrechen y miradas que la escuchen.
González vino para hacer crecer a los suyos y va a terminar pasándoles por encima. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

5/11/11

El silencio de los corderos... griegos

Definitivamente, la democracia es una farsa.
Porque, si no, ¿cómo se explica el terremoto que han provocado Papandreu y su amago de referéndum? El griego, acorralado, no halló otra salida para huir del asedio al que le someten propios y extraños que empuñar un plebiscito como arma arrojadiza, y lejos de alcanzar su objetivo, no ha hecho otra cosa que certificar la defunción de la democracia directa (y constatar, de paso, que la ciudadanía no tiene vela ni en ese entierro).
Es cierto que los gobernantes siempre se han concedido los mecanismos necesarios para desoír la voz de quienes reclaman y para camuflar sus pancartas, pero es que en esta ocasión hemos asistido a una desvergonzada -y avergonzante- vuelta de tuerca: no se puede convocar un referéndum por la sencilla -y única- razón de que el 'no' ganaría aplastante y rotundamente. Es decir, que aun siendo del dominio público que el pueblo griego está absolutamente en contra de las medidas que están adoptando presuntamente en su nombre, en lugar de acomodarlas a la voluntad mayoritaria, se opta por no preguntar. Así hacen como que no lo saben.
Y es que, en esto de las consultas populares frustradas, quien más quien menos tiene algún muerto en el armario. Basta con que el político intuya que el escrutinio le será adverso para que cambie de conversación y -posando con el rictus de impostada madurez democrática- posponga el debate hasta el momento en el que el sosiego y la reflexión posibiliten alcanzar una solución satisfactoria... para él. Bienaventurados los ilusos que esperan a que Mohammed V el Alaouí convoque un referéndum en el Sáhara (consciente de que lo perdería), bienaventurados los ingenuos que confían en que la forma de gobierno en España se someterá algún día al veredicto de las papeletas (supongo que encuestas habrá que recomienden dejarse de aventuras), bienaventurados los independentistas que sueñan con urnas preñadas de votos autodeterminacionistas. Bienaventurados porque de ellos será siempre el reino de la queja.
A Clarice Starling (la poli del libro de Thomas Harris que yo tampoco he leído) no le atormentaban los balidos de los corderos, sino el método de silenciarlos que empleaba el matarife. En nuestro caso -no hay que exagerar- la sordina no proviene del cuchillo censor, pero tampoco esperen que les faciliten un altavoz con el que amplificar los gritos. Antes al contrario. Si Walter Lippmann descubrió el rebaño desconcertado ("del que hemos de protegernos cuando brama y pisotea") y Noam Chomsky advirtió sobre la utilización del pensamiento único y la fabricación del consenso como remedio para domeñar a ese rebaño perplejo, ahora -cuando parecía querer elevar el tono y el volumen de la queja- asistimos a su silenciamiento, programado, consensuado y consentido.
Claro que comprendo el asombrado estupor de los líderes mundiales ante el anuncio de una consulta popular tan gratuita. Si sólo se trataba de conocer la opinión de la calle, ¿para qué preguntar, cuando ya se conocía la respuesta?

26/10/11

Europe's living a celebration

Cuando era pequeño, sólo empleaba la palabra "europa" en las conversaciones con temática musical (lo de eurovisión sí que era entonces un concurso en condiciones) o las discusiones deportivas (con Miguel Muñoz levantando sin hartazgo copas y más copas en blanco y negro). Luego todo cambió.
Europa -como referente de la democracia, la prosperidad, la libertad y el progreso- se convertía en el faro hacia el que enfilar nuestras proas y en el espejo al que intentar asomarnos. El objetivo parecía inabordable, inalcanzable el nivel de vida de los vecinos del norte,  inasumible el sacrificio de la convergencia... imposible llegar a ser como ellos. Hasta que de repente, un día nos despertamos europeos.
Unos nos aseguraban que nuestro paro estructural, nuestro déficit institucional, nuestro retraso industrial, nuestras riñas de vecindad se habían esfumado con la firma del tratado de adhesión. Y nos lo creímos.
En la orilla de enfrente, otros nos advertían de que la Unión Europea no era sino un gran bazar, un enorme cónclave de mercaderes a la búsqueda de nuevos consumidores. Nos avisaron de que, en lugar del pasaporte comunitario, nos estaban expidiendo una tarjeta de crédito. Y no nos lo quisimos creer.
Como escribió Hemingway, París era una fiesta. Como cantaron los triunfitos, en Europa todo es felicidad, y felices fuimos durante algunos años. Pronto nos habituamos a ir de compras al Soho y a pasar el puente en Berlín, a que el Banco Central Europeo redujera los tipos de interés y a que, por un euro, nos dieran dólar y pico. Aprendimos a beber chianti y a comer gouda sin sospechar que se nos terminaría atragantando.
En cuanto la crisis nos ha zarandeado, han salido a la luz nuestras vergüenzas (la insolidaridad y la ambición de las potencias centrales, las fullerías de las regiones mediterráneas, la falta de compromiso de los escépticos) hasta poner en cuestión esa condición de líder mundial de la que tanto habíamos presumido. Como aquel viejo hidalgo que ni en verano se quitaba la capa para esconder que había empeñado la camisa, estamos poniendo en riesgo -cuando no malvendiendo- nuestras más preciadas alhajas (el sistema sanitario, el modelo educativo, el marco de protección social) para convencer a Fitch, a Moody, a Standard y a Poor (que, como los mosqueteros, también son tres -o cuatro, según versiones- espadachines bravucones, pendencieros y vacilones) de que entregaremos los barcos (aunque no los bancos) antes de perder la honra.
Se terminó la fiesta en Europa. Ahora hay que fregar los platos, recoger el confeti y pedir la cuenta. Nos jubilaremos más viejos, co-pagaremos las medicinas y nuestros hijos, para aprender inglés, tendrán que volver a la Británica (o escuchar a Los Beatles, como hicimos nosotros). Renunciaremos al puente de la Inmaculada con tal de que el sistema financiero no se venga abajo y siga habiendo cash para pagar la luz del cuartelillo y el gasoil del camión de la basura.
¡Ah! y para que, a primeros de mes, les ingresen las nóminas a los europarlamentarios, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos y concejales que siguen de perfil, denunciando que la culpa es del otro y prometiendo que, con ellos, aparecerá el arco iris. De fiesta, vamos.

9/10/11

Matar al mensajero

Artur Mas, Esperanza Aguirre y Josep Antoni Duran son unos bocazas. Hay muchos más, pero estos tres se han ganado a pulso la nominación gracias a su obstinación en obtener réditos electorales ridiculizando y/o criticando a los andaluces. Dicho esto -e insistiendo en la inoportunidad de determinadas declaraciones-, no comparto que la mejor respuesta a sus agravios sea matar al mensajero.
A mí también me irrita que el molt honorable se burle de los alumnos andaluces como argumento para defender su modelo educativo, pero más que los excesos del rey Artur me preocupa que el último Informe PISA sitúe a nuestra comunidad a la cola de España y demasiado lejos de la media de los países de la OCDE.
Me indigné cuando la condesa de Murillo llamó gallinas -"pitas, pitas, pitas"- a los campesinos andaluces, pero rechazar las salidas de tono de doña Esperanza no implica conformarse con que decenas de miles de jornaleros dependan de los subsidios agrarios (llámense PER, AEPSA, PROFEA, FEIL, FEESL... o cualquier otra combinación de letras).
No voy a disculpar al eterno candidato a ministro cuando asegura que le cargan a él la cuenta del bar de todos los parados de Andalucía, pero que haya pillado a Duran en un renuncio no supone que tenga que asentir cuando leo que la tercera parte de los desempleados ha rechazado una oferta de trabajo en los últimos tres meses.
Resulta mezquino aprovechar el bajo nivel de nuestros estudiantes o las dificultades que atraviesan los jornaleros, para crecer unas décimas en las encuestas de intención de voto, pero no es esa utilización espuria la que ha ofendido la dignidad colectiva de los andaluces -lamentablemente, ya estamos habituados- sino la identidad y el origen de quienes han aireado nuestros trapos sucios.
Nosotros contamos chistes de leperos, nos pasamos horas aplaudiendo a Juan y Medio -versión abuelos y versión nietos- y derrochamos arte pa' rabiar cuando se trata de animar la boda de la señora duquesa, pero nos da una alferecía cuando un  catalán nos dibuja con sombrero cordobés y bailando sevillanas. ¿Quién no conoce a un trabajador en activo que esté cobrando al mismo tiempo una nómina (en negro) y un subsidio de desempleo? Aquí nadie denuncia nada, pero nos parece intolerable que venga otro de fuera a echárnoslo en cara.
Tenemos identificados nuestros problemas, somos conscientes de nuestros defectos y conocemos nuestras fullerías, pero no se nos ocurre otra alternativa que denunciar al denunciante, a sabiendas de que matar al mensajero no soluciona nada, por muy bocazas que sea. Y esos -que conste- lo son.

6/10/11

La calle es mía

Por mucho que Manuel Fraga insista en renegar de su autoría, la frase "la calle es mía" continúa teniendo el mismo sonsonete tardofranquista que adornara a aquel ministro de Gobernación que, en abril de 1976, negó a la oposición democrática su derecho a pasear las banderas del primero de mayo. Será por eso que cada vez que alguien esgrime títulos de propiedad sobre un espacio público, me viene a la mente la imagen triste y en blanco y negro de la España del No-Do.
La calle Cruz Conde no es de nadie. Por más que el argumentario que utilizan los impulsores y los detractores de su peatonalización caiga indefectiblemente en ese error. Piensan los comerciantes que tienen derecho a ordenar ese territorio porque son ellos quienes lo mantienen vivo y activo, y responden los vecinos que es su criterio el único que ha de prevalecer. Por el efecto mariposa, desde todos los barrios alertan de las consecuencias que acarreará modificar los itinerarios del transporte público, mientras los ecologistas reciben con aplausos cada metro cuadrado que el peatón arrebata al motor de explosión.
Yo, que peino canas, recuerdo los coches circulando ante la puerta del Gran Teatro, por la calle Gondomar y por la calle Morería; muchos de nosotros hemos visto vehículos a motor circundando la estatua del Gran Capitán y traspasando los arcos de la Corredera. No sé si queda alguien que aún se oponga a aquellas peatonalizaciones, pero ninguna de ellas fue menos controvertida que la que ahora se debate.
Siempre he estado a favor de una calle Cruz Conde libre de vehículos. Lo defendiera quien lo defendiera y lo rechazara quien lo rechazara. No comparto la necesidad estratégica de reabrir ese vial, ni acepto esa solución como un mal menor. Cuanto más sopeso los pros y los contras, más me reafirmo en la idoneidad de regalar la catalogación de peatonal a una calle que lo viene reivindicando desde casi el momento en que se trazó, allá por mil novecientos veintitantos, cuando la piqueta echó abajo el Hotel Suizo, las Tendillas empezó a ser el corazón de la ciudad y hubo que tirar de tiralíneas para conectar la Córdoba histórica con la Córdoba moderna.
Con todo, lo que más me descoloca son algunos -extraños- posicionamientos y algunos -inapropiados- empecinamientos. A ellos les profetizo que la calle Cruz Conde será peatonal, ahora o dentro de algunos años, cuando alguien más inteligente que nosotros halle la solución a tantos problemas irresolubles que hoy nos impiden alcanzar la orilla.
De los años sesenta es otra frase de Fraga -ésta, sí reconocida-: "Spain is diferent". Cincuenta años después, cuando todas las ciudades apuestan por modelos urbanísticos más conciliadores y menos agresivos, ¡qué diferentes nos empeñamos en seguir siendo!

30/9/11

Sandokán somos todos

Llevo ciento treinta y un días buscando, sin éxito, a alguno de los veinticuatro mil ochocientos cinco cordobeses (o cordobesas) que votaron a Rafael Gómez. De ellos, sólo han confesado su fechoría los miembros de su candidatura (quizás no todos) y los familiares (sólo los muy cercanos); del resto, nunca se supo. Y no tendría que ser tan difícil tropezar con ellos, porque las estadísticas les delatan: de cada seis papeletas recontadas, una llevaba impresa la cara del Sosio, y uno de cada diez lectores de este post votó a Unión Cordobesa.
Por lo tanto, sólo cabe una explicación para resolver este enigma: a Sandokán no le votó nadie porque le votamos todos.
Rafael Gómez es, por definición, el 'cordobés-tipo'. Casi siempre en hipérbole, pero 'cordobés-tipo': platero clandestino, parcelista y perolero; fuengiroleño estacional, socio del Córdoba y hermano cofrade; impositor de Cajasur, peñista y amigo de las Ermitas; fullero, flamenco, cordobita, ateneísta y taurino, y más asiduo de bodegas El Gallo que de la librería Luque.
Nos molesta Sandokán porque nos descubre, nos revela cómo somos o cómo vamos a ser, y nos muestra hacia dónde nos conduce esta sociedad cordobesa, provinciana, pacata e inmovilista, desagradecida y agradaora a partes iguales, que con la misma facilidad cubre de elogios al poderoso que abuchea al inconformista.
Nos molesta Sandokán porque es un desahogao que ha reunido una fortuna haciendo lo que otros muchos pensaron pero no se atrevieron. Que ni se disculpa ni se arrepiente de haber jugado con las cartas marcadas, inventando las reglas y untando al crupier.
Córdoba ha tenido muchas oportunidades de librarse de una imagen de la que -dice que- se avergüenza. Mil veces ha podido apear del pedestal a los custodios con rasgos malayos, pero no lo ha hecho (y presiento que nunca lo hará) porque prefiere resolver sus conflictos a clavelazos, camuflar a sus parados con camisetas azul-capitalidad y aprovechar los acordes del reloj de las Tendillas para silenciar los debates.
Ya está. Ya he encontrado a los veinticuatro mil ochocientos cinco cordobeses (o cordobesas) que votaron a Rafael Gómez. Y no fueron más porque nos pilló en mayo.

25/9/11

¡Ah!, pero ¿había barra libre?

Cuando el teniente de alcalde de Hacienda anunció, hace algunos días, el final de la época del gratis total (como el camarero que solemnemente informa de que se acabó la barra libre y de que quien quiera seguir bebiendo tendrá que pasar por caja), a mí se me quedó cara de tonto-de-cotillón. "-¡Ah!, pero ¿había barra libre? Y yo toda la noche pagando..."
El gratis total murió con Alfonso XI -si no mucho antes- y sus alcabalas. Desde entonces -si no mucho antes-, cada vez que un gobernante nos regala un nuevo puente, un concierto de guitarras, un autobús híbrido, un cheque-libro o un comedor social, carga la factura a nuestra cuenta corriente, por mucho que repita frases del tipo "-El dinero lo pongo yo" y chorradas de esas.
Aunque a nadie le gusta rascarse el bolsillo -pocos sustantivos son tan calificativos: 'impuestos'-, todos tenemos asumido que las carreteras no nacen por generación espontánea y que, si no aportamos nuestra parte, dejará de haber "escuelas gratis, medicinas y hospital", como reivindicaba la murga de Carlos Cano. Lo único que podemos debatir son los criterios por los que se paga.
En un ejercicio de reduccionismo extremo (nunca he pretendido dar una lección magistral), sólo hay dos tipos de tributos: los que gravan nuestras propiedades y los que gravan nuestras actividades [en el primer grupo, se encuentran -por ejemplo- el impuesto de la renta, la contribución y el de vehículos-; en el otro paquete: el IVA, el impuesto de la construcción, el del tabaco y la mayor parte de las tasas y precios públicos que recaudan los ayuntamientos]. Evidentemente, quienes disponen de un vasto patrimonio prefieren que se reduzcan los impuestos y se eleven las tasas (que todo parroquiano abona por igual, sean cuantos sean los ceros de su nómina), mientras que quienes andan pasando fatiguitas reclaman una subida del IRPF (que apenas les pasa rozando) y una rebaja del impuesto de hidrocarburos (que no veas a cómo se ha puesto llenar el depósito de gasoil).
La única decisión del político es elegir entre la A y la B. Nada más. Me apunto -¿cómo no?- a lo de la mejora de la gestión, a lo de la eficacia recaudatoria, a lo de la optimización de recursos, a lo de la racionalización del gasto... pero eso es independiente: ¿la A o la B? Que estudien las consecuencias de cada modelo fiscal (cómo afecta a las inversiones, a la creación de empleo, al consumo, al estímulo... y todas esas cosas por las que nos sacan la pasta los analistas) y que decidan qué porcentaje de los ingresos corresponderá a los impuestos y qué otro a las tasas.
Y, si es posible, que nos informen con antelación, para que los ciudadanos podamos refrendar en las urnas la opción escogida. No sea que después le dé a alguno por aprobar un impuesto por casarse o por tirarse por un tobogán, y nos pille desprevenidos.
Ah, y lo único que era, es y seguirá siendo gratis total es el teléfono móvil, la entrada al Gran Teatro y el gasoil del coche oficial de los veintinueve concejales. Seguro que alguno se llevó un buen susto cuando leyó lo de "-Se acabó el 'viva la fiesta'."