6/10/11

La calle es mía

Por mucho que Manuel Fraga insista en renegar de su autoría, la frase "la calle es mía" continúa teniendo el mismo sonsonete tardofranquista que adornara a aquel ministro de Gobernación que, en abril de 1976, negó a la oposición democrática su derecho a pasear las banderas del primero de mayo. Será por eso que cada vez que alguien esgrime títulos de propiedad sobre un espacio público, me viene a la mente la imagen triste y en blanco y negro de la España del No-Do.
La calle Cruz Conde no es de nadie. Por más que el argumentario que utilizan los impulsores y los detractores de su peatonalización caiga indefectiblemente en ese error. Piensan los comerciantes que tienen derecho a ordenar ese territorio porque son ellos quienes lo mantienen vivo y activo, y responden los vecinos que es su criterio el único que ha de prevalecer. Por el efecto mariposa, desde todos los barrios alertan de las consecuencias que acarreará modificar los itinerarios del transporte público, mientras los ecologistas reciben con aplausos cada metro cuadrado que el peatón arrebata al motor de explosión.
Yo, que peino canas, recuerdo los coches circulando ante la puerta del Gran Teatro, por la calle Gondomar y por la calle Morería; muchos de nosotros hemos visto vehículos a motor circundando la estatua del Gran Capitán y traspasando los arcos de la Corredera. No sé si queda alguien que aún se oponga a aquellas peatonalizaciones, pero ninguna de ellas fue menos controvertida que la que ahora se debate.
Siempre he estado a favor de una calle Cruz Conde libre de vehículos. Lo defendiera quien lo defendiera y lo rechazara quien lo rechazara. No comparto la necesidad estratégica de reabrir ese vial, ni acepto esa solución como un mal menor. Cuanto más sopeso los pros y los contras, más me reafirmo en la idoneidad de regalar la catalogación de peatonal a una calle que lo viene reivindicando desde casi el momento en que se trazó, allá por mil novecientos veintitantos, cuando la piqueta echó abajo el Hotel Suizo, las Tendillas empezó a ser el corazón de la ciudad y hubo que tirar de tiralíneas para conectar la Córdoba histórica con la Córdoba moderna.
Con todo, lo que más me descoloca son algunos -extraños- posicionamientos y algunos -inapropiados- empecinamientos. A ellos les profetizo que la calle Cruz Conde será peatonal, ahora o dentro de algunos años, cuando alguien más inteligente que nosotros halle la solución a tantos problemas irresolubles que hoy nos impiden alcanzar la orilla.
De los años sesenta es otra frase de Fraga -ésta, sí reconocida-: "Spain is diferent". Cincuenta años después, cuando todas las ciudades apuestan por modelos urbanísticos más conciliadores y menos agresivos, ¡qué diferentes nos empeñamos en seguir siendo!

30/9/11

Sandokán somos todos

Llevo ciento treinta y un días buscando, sin éxito, a alguno de los veinticuatro mil ochocientos cinco cordobeses (o cordobesas) que votaron a Rafael Gómez. De ellos, sólo han confesado su fechoría los miembros de su candidatura (quizás no todos) y los familiares (sólo los muy cercanos); del resto, nunca se supo. Y no tendría que ser tan difícil tropezar con ellos, porque las estadísticas les delatan: de cada seis papeletas recontadas, una llevaba impresa la cara del Sosio, y uno de cada diez lectores de este post votó a Unión Cordobesa.
Por lo tanto, sólo cabe una explicación para resolver este enigma: a Sandokán no le votó nadie porque le votamos todos.
Rafael Gómez es, por definición, el 'cordobés-tipo'. Casi siempre en hipérbole, pero 'cordobés-tipo': platero clandestino, parcelista y perolero; fuengiroleño estacional, socio del Córdoba y hermano cofrade; impositor de Cajasur, peñista y amigo de las Ermitas; fullero, flamenco, cordobita, ateneísta y taurino, y más asiduo de bodegas El Gallo que de la librería Luque.
Nos molesta Sandokán porque nos descubre, nos revela cómo somos o cómo vamos a ser, y nos muestra hacia dónde nos conduce esta sociedad cordobesa, provinciana, pacata e inmovilista, desagradecida y agradaora a partes iguales, que con la misma facilidad cubre de elogios al poderoso que abuchea al inconformista.
Nos molesta Sandokán porque es un desahogao que ha reunido una fortuna haciendo lo que otros muchos pensaron pero no se atrevieron. Que ni se disculpa ni se arrepiente de haber jugado con las cartas marcadas, inventando las reglas y untando al crupier.
Córdoba ha tenido muchas oportunidades de librarse de una imagen de la que -dice que- se avergüenza. Mil veces ha podido apear del pedestal a los custodios con rasgos malayos, pero no lo ha hecho (y presiento que nunca lo hará) porque prefiere resolver sus conflictos a clavelazos, camuflar a sus parados con camisetas azul-capitalidad y aprovechar los acordes del reloj de las Tendillas para silenciar los debates.
Ya está. Ya he encontrado a los veinticuatro mil ochocientos cinco cordobeses (o cordobesas) que votaron a Rafael Gómez. Y no fueron más porque nos pilló en mayo.

25/9/11

¡Ah!, pero ¿había barra libre?

Cuando el teniente de alcalde de Hacienda anunció, hace algunos días, el final de la época del gratis total (como el camarero que solemnemente informa de que se acabó la barra libre y de que quien quiera seguir bebiendo tendrá que pasar por caja), a mí se me quedó cara de tonto-de-cotillón. "-¡Ah!, pero ¿había barra libre? Y yo toda la noche pagando..."
El gratis total murió con Alfonso XI -si no mucho antes- y sus alcabalas. Desde entonces -si no mucho antes-, cada vez que un gobernante nos regala un nuevo puente, un concierto de guitarras, un autobús híbrido, un cheque-libro o un comedor social, carga la factura a nuestra cuenta corriente, por mucho que repita frases del tipo "-El dinero lo pongo yo" y chorradas de esas.
Aunque a nadie le gusta rascarse el bolsillo -pocos sustantivos son tan calificativos: 'impuestos'-, todos tenemos asumido que las carreteras no nacen por generación espontánea y que, si no aportamos nuestra parte, dejará de haber "escuelas gratis, medicinas y hospital", como reivindicaba la murga de Carlos Cano. Lo único que podemos debatir son los criterios por los que se paga.
En un ejercicio de reduccionismo extremo (nunca he pretendido dar una lección magistral), sólo hay dos tipos de tributos: los que gravan nuestras propiedades y los que gravan nuestras actividades [en el primer grupo, se encuentran -por ejemplo- el impuesto de la renta, la contribución y el de vehículos-; en el otro paquete: el IVA, el impuesto de la construcción, el del tabaco y la mayor parte de las tasas y precios públicos que recaudan los ayuntamientos]. Evidentemente, quienes disponen de un vasto patrimonio prefieren que se reduzcan los impuestos y se eleven las tasas (que todo parroquiano abona por igual, sean cuantos sean los ceros de su nómina), mientras que quienes andan pasando fatiguitas reclaman una subida del IRPF (que apenas les pasa rozando) y una rebaja del impuesto de hidrocarburos (que no veas a cómo se ha puesto llenar el depósito de gasoil).
La única decisión del político es elegir entre la A y la B. Nada más. Me apunto -¿cómo no?- a lo de la mejora de la gestión, a lo de la eficacia recaudatoria, a lo de la optimización de recursos, a lo de la racionalización del gasto... pero eso es independiente: ¿la A o la B? Que estudien las consecuencias de cada modelo fiscal (cómo afecta a las inversiones, a la creación de empleo, al consumo, al estímulo... y todas esas cosas por las que nos sacan la pasta los analistas) y que decidan qué porcentaje de los ingresos corresponderá a los impuestos y qué otro a las tasas.
Y, si es posible, que nos informen con antelación, para que los ciudadanos podamos refrendar en las urnas la opción escogida. No sea que después le dé a alguno por aprobar un impuesto por casarse o por tirarse por un tobogán, y nos pille desprevenidos.
Ah, y lo único que era, es y seguirá siendo gratis total es el teléfono móvil, la entrada al Gran Teatro y el gasoil del coche oficial de los veintinueve concejales. Seguro que alguno se llevó un buen susto cuando leyó lo de "-Se acabó el 'viva la fiesta'."

10/9/11

El G-7, o Los Siete Niños de Écija

Les llamaban Los Siete Niños de Écija. Se hacían pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguraban que se ocupaban de los más desfavorecidos, pero sólo eran bandoleros.
No existen testimonios sobre si Luis de Vargas lucía tez morena, pero sí está aceptado que era el líder de aquella partida. Tampoco quedan claros los orígenes de Tragabuches -¿vendría de Francia? ¿vendría de Hungría?-, aquel lugarteniente que se echó al monte después de castigar con la muerte una infidelidad de su mujer. Es conocida la indisciplina -cuasi británica- de Juan Palomo, así como la frialdad germánica y la inclemencia de Satanás. De Mala Facha se recuerda su obsesión por las mujeres; de José Candio, su habilidad para pasar desapercibido y, de El Cencerro, uno de los veteranos, que venía de las provincias orientales.
Se escondían en cuevas para planificar sus fechorías, y en las cuevas ocultaban sus botines. El engaño y la traición eran sus armas: se apostaban en las umbrías para abordar, por sorpresa y con cobardía, a quienes recorrían los caminos. No respetaban honras ni haciendas, y actuaban con alevosía y crueldad.
De cuando en cuando, entraban en poblado para repartir, a partes iguales, terror y limosnas con las que ganarse la fidelidad y el silencio de los débiles. Como fin de fiesta, acudían a la taberna y convidaban a los paisanos:
-Echa vino, montañés,
que lo paga Luis de Vargas.”
Así actúa el G-7. Los líderes de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Canadá y Japón se hacen pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguran que se ocupan de los más desfavorecidos.
Pero sólo son bandoleros.

4/9/11

¿A quiénes representan?

"Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado." (artículo 66.1 de la Constitución española)
La principal asignatura que le queda por aprobar a la democracia española (para que, de una vez por todas, dejemos de utilizar la expresión "democracia joven" como disculpa, y para que demos definitivamente por concluida la primera, segunda o tercera transiciones) es la de hacer comprender a nuestros representantes que una papeleta de voto y un cheque en blanco no son la misma cosa. Nuestra bisoñez democrática les lleva a olvidar que el escaño que calientan pertenece al pueblo y que ellos no tienen otro encargo que el de defender los intereses de quienes les mandataron para ello.
Cada vez que el presidente del Congreso les pide que voten, tienen tres opciones. La opción lógica es votar en el sentido en el que lo harían las personas a quienes representan.. Puesto que es complicado reunir a todos los votantes para preguntarles qué harían, la opción práctica es votar en los términos en que se firmó el contrato de representación (expresados en el programa electoral y en los mítines y promesas de campaña). Sin embargo, siempre eligen la opción C: observar el brazo que levanta el diputado encargado de ello y votar 'sí' cuando muestra un dedo, 'no' cuando alza tres, o abstenerse si levanta dos. Sea cual sea la pregunta, fuera cual debiera de ser la respuesta.
Por tanto, ¿a quiénes representan los representantes? Evidentemente, el sistema electoral se ha pervertido y ha puesto fin a la identificación y a la complicidad que alguna vez existieron entre los políticos y sus representados. Claro que alguna vez votan lo que se espera -faltaría más-, pero hay que atribuirlo a una coincidencia de intereses antes que al cumplimiento de un compromiso.
Lo ocurrido con la última reforma constitucional es el mejor ejemplo. No se trata ahora de determinar si endeudarse es de derechas o de izquierdas; ni si limitar el déficit estructural es el paso previo para recortar las pensiones o el atajo para elevar la presión fiscal. Lo que realmente preocupa es que cuando los diputados y las diputadas apretaron el botón, lo hicieron enseñando la espalda a quienes les designaron, negándoles la palabra, hurtándoles el debate y usurpando el derecho del pueblo a decidir.
Hoy, buena parte de la ciudadanía no tiene representantes. No son sólo los que se indignan y gritan ("-Que no nos representan!¡Que no!") sino otros muchos que asisten atónitos al distanciamiento con que la casta política se protege de su propio electorado. Cada vez hay más gente que ha renunciado a entender qué votan, por qué votan y -lo que es peor- por quién votan, y ese desinterés, esa desafección, esa indolencia -alimentados por sus principales beneficiarios- son el peor cáncer de la democracia representativa.
Dentro de unos meses, volverán a llamar a nuestras puertas para que volvamos a firmar un contrato de representación. Nos volverán a prometer que actuarán en nuestro nombre, que defenderán nuestros intereses y que serán nuestra voz. Nos volverán a proponer un pacto -presuntamente sagrado e inviolable- que no se cansan de burlar.
Después, al tiempo que justifican los resultados, expresarán su preocupación ante el aumento de la abstención, la irrupción de los antisistema y la proliferación de los grupos ultra. Mostrarán su extrañeza cuando surjan movimientos alternativos que defiendan conceptos arrinconados, como "asamblea abierta", "procesos participativos", "democracia directa", "devolución de resultados", "rendición de cuentas"... Repetirán aquello de que es "el menos malo de los sistemas", lo de que "ya existen instrumentos para intervenir en la vida pública", mientras intentan que los transgresores regresen al redil.
Mientras intentan averiguar -ya sea sólo por satisfacer su propia curiosidad- a quiénes representan.

31/8/11

Bienvenido, míster Davis

"Os recibimos, americanos, con alegría. ¡Olé, mi madre! ¡Olé mi suegra y olé mi tía!"
Un día, hace sesenta años, los españoles se pusieron sus mejores galas, recogieron la basura de la calle principal de cada pueblo y se sentaron a esperar la lluvia de dólares que les iba a sacar de la miseria. Aunque los cádillacs pasaron de largo, nadie se deshizo de las banderitas.
Al menos, no en Córdoba. Aquí seguimos oteando el horizonte, aguardando la oportunidad de airear las barras y las estrellas que atraigan los millones. La última vez estuvimos diez años dándole al brazo -"Los yanquis han venido, olé salero, con mil regalos, y a las niñas bonitas van a obsequiarlas con aeroplanos"-, confiados en que habíamos comprado el boleto premiado (alguien nos había chivado que acababa en dieciséis) y no nos llevamos ni la pedrea: los de San Ildefonso se fijaron en otro santo.
En esta ocasión va a ser distinto. Marshall ha cambiado la guerrera por el chemilacós y ha sacado el billete del AVE, billete VIP, no vaya a ser que alguien le toque las pelotas o las raquetas. "-Niño, saca las banderitas que nos vamos pa' la estación. Seguro que esta vez pillamos algo". Y en eso estamos: unos a la espera del container cargadito de pernoctaciones de luxe, otros soñando con que una excursión de gabachos les pague el vino que hace doscientos años se bebió el francés. "Americanos, vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío".
Aunque, puestos a contar, hay cuentas que no me salen. Entre pitos y flautas, obras y cánones, promociones, gallardetes y banderolas, el erario público se va a desprender -graciosamente- de entre millón y medio y dos millones de euros. ¿A cambio de qué? A cambio de los luises de oro que arrojen desde sus carrozas los quince mil afortunados que acudan a presenciar la madre de todas las eliminatorias tenísticas.
Supongo que alguien habrá sacado números y se habrá parado a pensar. Habrá pensado en que los vecinos de Santa Rosa que pasen por la puerta de los califas -que alguno habrá- ni pernoctan, ni comen, ni compran; ni ellos, ni los de Valsequillo -que alguno habrá-. Habrá pensado en que hay hoteles, hostales, pensiones y hasta albergues que, en la provincia y alrededores, esperan listos y dispuestos a recoger su botín. Habrá pensado en que la plaza de toros de Córdoba es -chispa más o menos- como cualquier otra plaza de toros del mundo, y que ese será el único patrimonio histórico artístico que saldrá por la tele. Habrá pensado, en fin, en que estamos subvencionando con cien euros a cada ilustre visitante, para que él se deje los cuartos en el mostrador del AVE, en las taquillas de la federación, en la recepción del hotel -de quién sabe qué cadena- o en la minuta del restaurante (o, en su defecto, de la tienda de bocadillos).
En la comedia de Berlanga, don Pablo -alcalde de Villar del Río- se subió al balcón del ayuntamiento para arengar a sus convecinos: "-Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación. Y esa explicación os la voy a dar, porque os la debo", pero no recuerdo si llegó a darla ni si convenció al auditorio. Supongo que aquí alguien tendría que explicarle a un mecánico de Valdeolleros -que alguno habrá- qué le va a traer a él míster Davis, y a la farmacéutica de Santa Cruz, a una jubilada del Figueroa y al cura del Campo de la Verdad.
Porque al final es a ellos -siempre es a ellos- a quienes les pedimos que se pongan sus mejores galas, limpien la basura de la calle principal, se sienten en la acera ondeando la banderita y paguen lo que haya que pagar.
Aunque los cádillacs -si es que quedan cádillacs- vuelvan a parar en otro sitio.

25/8/11

El tonto del mercedes

Quienes hemos optado por dedicar parte de nuestras vacaciones a recorrer la vasta red de carreteras del Estado, hemos tenido la oportunidad de convivir con dos especímenes altamente nocivos para la salud de la sociedad que los alimenta: el responsable público que no es capaz de programar unas obras de manera que no perjudiquen a quienes las pagan, y el tonto del mercedes.
En principio, el tonto del mercedes es aquel tipo -o tipa- que, para presumir de estatus, incumple sistemáticamente las normas de convivencia. En su inmensa mayoría, están convencidos de que si mi tartana circula a sesenta kilómetros por hora, no es porque haya una señal de tráfico (habitualmente, amarilla por obra y efecto de la improvisación de algún individuo de la otra subespecie antes mencionada), sino porque mi vida -y mi hacienda- no dan más de sí.
Unos kilómetros más tarde, llegas a la conclusión -desde que todo son autovías, las carreteras pueden resultar muy aburridas- de que no hace falta tener carnet de conducir para ser un tonto-del-mercedes. Ni carnet, ni coche. A esta casta pertenecen los que entienden que las reglas sólo están dirigidas a los demás, aunque en ocasiones, y por inexplicable que parezca, ellos mismos hayan redactado las normas.
Me he encontrado con tontos-del-mercedes en la política, en las finanzas, en los clubes de fútbol, en los escenarios... y todos responden al mismo patrón: se desplazan a bordo de su poderío y según sus propias leyes, hasta que te divisan en el horizonte y te lanzan un grito con forma de ráfaga de luz: “-¡Aparta de ahí! ¿No ves que estás estorbando?”. Sospechan -y temen- que en el fenotipo del común de los mortales prevalece el rasgo dominante de invadir su espacio, ralentizar su marcha y ocupar su plaza, cuestionar sus decisiones, denunciar sus contradicciones y rechazar sus arbitrariedades.
Como casi todo ese parque móvil es prestado y con fecha de devolución, los usufructuantes dedican sus esfuerzos -y nuestros recursos- a negociar una prórroga (¡mira que cuesta bajarse!), un plan renove (siempre habrá otro mercedes en el que subirse) o una jubilación honrosa (una retirada a tiempo es una victoria sólo cuando es otro el que paga el puente de plata).
Y encima, cuando un día se estrellan, nos llevan a todos por delante.

11/8/11

Caimanes y campanitas

Dicen que cuando Einstein comprobó los devastadores efectos de la bomba atómica dijo: “-Si hubiera previsto las consecuencias, me habría hecho relojero”. Ignoro si la anécdota es cierta, aunque dudo de que el científico no fuera consciente del alcance de su invento.
Cada acción genera un efecto y no preverlo no nos disculpa; antes al contrario. En las últimas elecciones municipales, uno de cada dos cordobeses que metieron una papeleta en la urna escogió la del Partido Popular, y lo hizo para propiciar un cambio en el gobierno. Las matemáticas nos obligan a concluir que hubo muchos votantes tradicionales de la izquierda que decidieron cambiar el sentido de su voto y confiar en quien -hasta entonces- no lo había merecido. Todo legítimo, respetable y democrático. Lo que me sorprende es que tantos de esos nuevos electores reconozcan no haber medido las consecuencias de su decisión.
En apenas dos meses de mandato, el nuevo gobierno municipal se ha hecho acreedor de un importante número de críticas, firmadas por vecinos, comerciantes, funcionarios, peatones o empresarios. Renuncio a ejercer la defensa o la acusación, pero es de justicia reconocer que nada de lo que los nuevos concejales han hecho se aleja de lo que -expresa o tácitamente- dijeron que iban a hacer.
No me he parado a contar el número de votos que obtuvo el PP en la Fuensanta, pero seguro que fueron bastantes más de los habituales. De manera que, estadísticamente, muchos de los que ahora se quejan de las decisiones de la nueva junta de gobierno han tenido que contribuir, con su granito, a que se sienten donde se sientan. ¿Qué esperaban? ¿No sabían quién iba a ser el responsable de festejos? ¿Confiaban en compartir con él una campanita y una camiseta con la imagen del caimán?
Elegir una papeleta debe de ser un acto reflexivo y consciente, y no es de recibo criticar a quienes votamos porque hagan lo que prometieron.
Quien no sea capaz de prever las consecuencias de sus acciones, que se haga relojero.

8/8/11

Los mercados no existen

Nunca he sido partidario de las teorías conspiratorias, pero -desde hace un par de años para acá- no encuentro otra explicación a esta sarta de mentiras entre las que nos toca sobrevivir: todo es una gran farsa.
Cada vez estoy más convencido de que los mercados no existen. Un día, a alguien que buscaba argumentos para desmontar el estado del bienestar, se le ocurrió la gran trola, nos la contó y nos la creímos. “-Los mercados castigan el gasto público. Eliminemos los subsidios.”, “-Los mercados no confían en nuestra capacidad productiva a medio plazo. Aplacemos la edad de jubilación.”, “-Los mercados prefieren políticas estables. Cambiemos los gobiernos.” Y, claro, como no se puede luchar contra los mercados, sólo nos queda resignarnos, agachar la cabeza y confiar en que, al menos, el descabello sea certero.
Si te fijas, es la estrategia perfecta: en lugar de convencer al personal de la necesidad de sacrificio, les das tres datos y esperas que se convenzan solos. La primera fase del plan pasa por hacer creer a los pardillos que saben de lo que están hablando y que, a base de repetir 'hipotecas subprime', 'deuda soberana', 'stock options', 'primas de riesgo', 'deflación', 'diferencial', 'bono alemán'... tenemos un máster en macroeconomía por la Universidad de Connecticut. La segunda fase consiste en sacar por la tele -en un periódico digital también sirve- a dirigentes, analistas y expertos advirtiendo de que, si hacemos X, pasará Y, y -para demostrarlo- lo hacen y pasa: elevan los tipos y baja el IPC, sube el gasoil y caen las emisiones, compran deuda y se reduce la prima... El colofón aparece -en varios idiomas, para mayor credibilidad- disfrazado de armaguedón anunciador del apocalipsis, que nos amenaza con la bancarrota, la intervención y el rescate.
Y, aunque se les olvida recordarnos que España tiene una larga experiencia en entradas y salidas de quiebras -que se lo digan a Felipe II y a su maniobra para no pagar a la banca Fugger las deudas de su padre-, aunque nos ocultan que nuestra economía no puede ser intervenida porque ya lo está desde nuestro ingreso en la Unión Europea y -sobre todo- en el euro, aunque no nos dicen que lo del rescate es un camelo (¿rescatar a quién y de qué?, además, no hay recursos suficientes...), a pesar de todo eso, ya han conseguido que voluntariamente humillemos la cerviz, descubramos el morrillo y aceptemos el sacrificio inevitable.
¡Qué invento, el de los mercados! Si no lo ha hecho alguien ya, habría que patentarlo.

30/7/11

El lindo don Diego

Con la de asesores que allanan el camino a los políticos, parece mentira que ninguno le eche un rato a la hemeroteca. O esa es la sensación que da, porque, si no, ¿cómo se explica que asistamos -día sí, día también- a un catálogo de contradicciones, desmentidos y rectificaciones, y que nadie le saque provecho?
¿Cuántas veces hemos oído al mismo interlocutor decir lo uno y su contrario? Quien ayer aseguró que haría, hoy se hace el olvidadizo, y quien antes negó tres veces ahora cede a la primera. Donde dijo digo, dice diego con la bendición de sus incondicionales y la -incomprensible- absolución de sus enemigos. Si yo me moviese en ese lado de la frontera, no defendería más estrategia que la de airear incongruencias. Claro que, para actuar legítimamente, tendría que buscarme un jefe que pudiera tirar la primera piedra. Misión imposible.
En el s. XVII, Agustín Moreto definió a Diego (por boca de Mosquito, en El lindo don Diego): “En el discurso parece ateísta y lo colijo de que, según él discurre, no espera el día del juicio. A dos palabras que hable le entenderás todo el hilo del talento, que él es necio pero muy bien entendido.”
Pues sí, estamos rodeados de diegos. Lo peor es que ellos lo saben -aunque no lo reconozcan- y se aprovechan de ello: de que nadie les escucha. Ni los suyos, ni los otros.