10/9/11

El G-7, o Los Siete Niños de Écija

Les llamaban Los Siete Niños de Écija. Se hacían pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguraban que se ocupaban de los más desfavorecidos, pero sólo eran bandoleros.
No existen testimonios sobre si Luis de Vargas lucía tez morena, pero sí está aceptado que era el líder de aquella partida. Tampoco quedan claros los orígenes de Tragabuches -¿vendría de Francia? ¿vendría de Hungría?-, aquel lugarteniente que se echó al monte después de castigar con la muerte una infidelidad de su mujer. Es conocida la indisciplina -cuasi británica- de Juan Palomo, así como la frialdad germánica y la inclemencia de Satanás. De Mala Facha se recuerda su obsesión por las mujeres; de José Candio, su habilidad para pasar desapercibido y, de El Cencerro, uno de los veteranos, que venía de las provincias orientales.
Se escondían en cuevas para planificar sus fechorías, y en las cuevas ocultaban sus botines. El engaño y la traición eran sus armas: se apostaban en las umbrías para abordar, por sorpresa y con cobardía, a quienes recorrían los caminos. No respetaban honras ni haciendas, y actuaban con alevosía y crueldad.
De cuando en cuando, entraban en poblado para repartir, a partes iguales, terror y limosnas con las que ganarse la fidelidad y el silencio de los débiles. Como fin de fiesta, acudían a la taberna y convidaban a los paisanos:
-Echa vino, montañés,
que lo paga Luis de Vargas.”
Así actúa el G-7. Los líderes de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Canadá y Japón se hacen pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguran que se ocupan de los más desfavorecidos.
Pero sólo son bandoleros.

4/9/11

¿A quiénes representan?

"Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado." (artículo 66.1 de la Constitución española)
La principal asignatura que le queda por aprobar a la democracia española (para que, de una vez por todas, dejemos de utilizar la expresión "democracia joven" como disculpa, y para que demos definitivamente por concluida la primera, segunda o tercera transiciones) es la de hacer comprender a nuestros representantes que una papeleta de voto y un cheque en blanco no son la misma cosa. Nuestra bisoñez democrática les lleva a olvidar que el escaño que calientan pertenece al pueblo y que ellos no tienen otro encargo que el de defender los intereses de quienes les mandataron para ello.
Cada vez que el presidente del Congreso les pide que voten, tienen tres opciones. La opción lógica es votar en el sentido en el que lo harían las personas a quienes representan.. Puesto que es complicado reunir a todos los votantes para preguntarles qué harían, la opción práctica es votar en los términos en que se firmó el contrato de representación (expresados en el programa electoral y en los mítines y promesas de campaña). Sin embargo, siempre eligen la opción C: observar el brazo que levanta el diputado encargado de ello y votar 'sí' cuando muestra un dedo, 'no' cuando alza tres, o abstenerse si levanta dos. Sea cual sea la pregunta, fuera cual debiera de ser la respuesta.
Por tanto, ¿a quiénes representan los representantes? Evidentemente, el sistema electoral se ha pervertido y ha puesto fin a la identificación y a la complicidad que alguna vez existieron entre los políticos y sus representados. Claro que alguna vez votan lo que se espera -faltaría más-, pero hay que atribuirlo a una coincidencia de intereses antes que al cumplimiento de un compromiso.
Lo ocurrido con la última reforma constitucional es el mejor ejemplo. No se trata ahora de determinar si endeudarse es de derechas o de izquierdas; ni si limitar el déficit estructural es el paso previo para recortar las pensiones o el atajo para elevar la presión fiscal. Lo que realmente preocupa es que cuando los diputados y las diputadas apretaron el botón, lo hicieron enseñando la espalda a quienes les designaron, negándoles la palabra, hurtándoles el debate y usurpando el derecho del pueblo a decidir.
Hoy, buena parte de la ciudadanía no tiene representantes. No son sólo los que se indignan y gritan ("-Que no nos representan!¡Que no!") sino otros muchos que asisten atónitos al distanciamiento con que la casta política se protege de su propio electorado. Cada vez hay más gente que ha renunciado a entender qué votan, por qué votan y -lo que es peor- por quién votan, y ese desinterés, esa desafección, esa indolencia -alimentados por sus principales beneficiarios- son el peor cáncer de la democracia representativa.
Dentro de unos meses, volverán a llamar a nuestras puertas para que volvamos a firmar un contrato de representación. Nos volverán a prometer que actuarán en nuestro nombre, que defenderán nuestros intereses y que serán nuestra voz. Nos volverán a proponer un pacto -presuntamente sagrado e inviolable- que no se cansan de burlar.
Después, al tiempo que justifican los resultados, expresarán su preocupación ante el aumento de la abstención, la irrupción de los antisistema y la proliferación de los grupos ultra. Mostrarán su extrañeza cuando surjan movimientos alternativos que defiendan conceptos arrinconados, como "asamblea abierta", "procesos participativos", "democracia directa", "devolución de resultados", "rendición de cuentas"... Repetirán aquello de que es "el menos malo de los sistemas", lo de que "ya existen instrumentos para intervenir en la vida pública", mientras intentan que los transgresores regresen al redil.
Mientras intentan averiguar -ya sea sólo por satisfacer su propia curiosidad- a quiénes representan.

31/8/11

Bienvenido, míster Davis

"Os recibimos, americanos, con alegría. ¡Olé, mi madre! ¡Olé mi suegra y olé mi tía!"
Un día, hace sesenta años, los españoles se pusieron sus mejores galas, recogieron la basura de la calle principal de cada pueblo y se sentaron a esperar la lluvia de dólares que les iba a sacar de la miseria. Aunque los cádillacs pasaron de largo, nadie se deshizo de las banderitas.
Al menos, no en Córdoba. Aquí seguimos oteando el horizonte, aguardando la oportunidad de airear las barras y las estrellas que atraigan los millones. La última vez estuvimos diez años dándole al brazo -"Los yanquis han venido, olé salero, con mil regalos, y a las niñas bonitas van a obsequiarlas con aeroplanos"-, confiados en que habíamos comprado el boleto premiado (alguien nos había chivado que acababa en dieciséis) y no nos llevamos ni la pedrea: los de San Ildefonso se fijaron en otro santo.
En esta ocasión va a ser distinto. Marshall ha cambiado la guerrera por el chemilacós y ha sacado el billete del AVE, billete VIP, no vaya a ser que alguien le toque las pelotas o las raquetas. "-Niño, saca las banderitas que nos vamos pa' la estación. Seguro que esta vez pillamos algo". Y en eso estamos: unos a la espera del container cargadito de pernoctaciones de luxe, otros soñando con que una excursión de gabachos les pague el vino que hace doscientos años se bebió el francés. "Americanos, vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío".
Aunque, puestos a contar, hay cuentas que no me salen. Entre pitos y flautas, obras y cánones, promociones, gallardetes y banderolas, el erario público se va a desprender -graciosamente- de entre millón y medio y dos millones de euros. ¿A cambio de qué? A cambio de los luises de oro que arrojen desde sus carrozas los quince mil afortunados que acudan a presenciar la madre de todas las eliminatorias tenísticas.
Supongo que alguien habrá sacado números y se habrá parado a pensar. Habrá pensado en que los vecinos de Santa Rosa que pasen por la puerta de los califas -que alguno habrá- ni pernoctan, ni comen, ni compran; ni ellos, ni los de Valsequillo -que alguno habrá-. Habrá pensado en que hay hoteles, hostales, pensiones y hasta albergues que, en la provincia y alrededores, esperan listos y dispuestos a recoger su botín. Habrá pensado en que la plaza de toros de Córdoba es -chispa más o menos- como cualquier otra plaza de toros del mundo, y que ese será el único patrimonio histórico artístico que saldrá por la tele. Habrá pensado, en fin, en que estamos subvencionando con cien euros a cada ilustre visitante, para que él se deje los cuartos en el mostrador del AVE, en las taquillas de la federación, en la recepción del hotel -de quién sabe qué cadena- o en la minuta del restaurante (o, en su defecto, de la tienda de bocadillos).
En la comedia de Berlanga, don Pablo -alcalde de Villar del Río- se subió al balcón del ayuntamiento para arengar a sus convecinos: "-Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación. Y esa explicación os la voy a dar, porque os la debo", pero no recuerdo si llegó a darla ni si convenció al auditorio. Supongo que aquí alguien tendría que explicarle a un mecánico de Valdeolleros -que alguno habrá- qué le va a traer a él míster Davis, y a la farmacéutica de Santa Cruz, a una jubilada del Figueroa y al cura del Campo de la Verdad.
Porque al final es a ellos -siempre es a ellos- a quienes les pedimos que se pongan sus mejores galas, limpien la basura de la calle principal, se sienten en la acera ondeando la banderita y paguen lo que haya que pagar.
Aunque los cádillacs -si es que quedan cádillacs- vuelvan a parar en otro sitio.

25/8/11

El tonto del mercedes

Quienes hemos optado por dedicar parte de nuestras vacaciones a recorrer la vasta red de carreteras del Estado, hemos tenido la oportunidad de convivir con dos especímenes altamente nocivos para la salud de la sociedad que los alimenta: el responsable público que no es capaz de programar unas obras de manera que no perjudiquen a quienes las pagan, y el tonto del mercedes.
En principio, el tonto del mercedes es aquel tipo -o tipa- que, para presumir de estatus, incumple sistemáticamente las normas de convivencia. En su inmensa mayoría, están convencidos de que si mi tartana circula a sesenta kilómetros por hora, no es porque haya una señal de tráfico (habitualmente, amarilla por obra y efecto de la improvisación de algún individuo de la otra subespecie antes mencionada), sino porque mi vida -y mi hacienda- no dan más de sí.
Unos kilómetros más tarde, llegas a la conclusión -desde que todo son autovías, las carreteras pueden resultar muy aburridas- de que no hace falta tener carnet de conducir para ser un tonto-del-mercedes. Ni carnet, ni coche. A esta casta pertenecen los que entienden que las reglas sólo están dirigidas a los demás, aunque en ocasiones, y por inexplicable que parezca, ellos mismos hayan redactado las normas.
Me he encontrado con tontos-del-mercedes en la política, en las finanzas, en los clubes de fútbol, en los escenarios... y todos responden al mismo patrón: se desplazan a bordo de su poderío y según sus propias leyes, hasta que te divisan en el horizonte y te lanzan un grito con forma de ráfaga de luz: “-¡Aparta de ahí! ¿No ves que estás estorbando?”. Sospechan -y temen- que en el fenotipo del común de los mortales prevalece el rasgo dominante de invadir su espacio, ralentizar su marcha y ocupar su plaza, cuestionar sus decisiones, denunciar sus contradicciones y rechazar sus arbitrariedades.
Como casi todo ese parque móvil es prestado y con fecha de devolución, los usufructuantes dedican sus esfuerzos -y nuestros recursos- a negociar una prórroga (¡mira que cuesta bajarse!), un plan renove (siempre habrá otro mercedes en el que subirse) o una jubilación honrosa (una retirada a tiempo es una victoria sólo cuando es otro el que paga el puente de plata).
Y encima, cuando un día se estrellan, nos llevan a todos por delante.

11/8/11

Caimanes y campanitas

Dicen que cuando Einstein comprobó los devastadores efectos de la bomba atómica dijo: “-Si hubiera previsto las consecuencias, me habría hecho relojero”. Ignoro si la anécdota es cierta, aunque dudo de que el científico no fuera consciente del alcance de su invento.
Cada acción genera un efecto y no preverlo no nos disculpa; antes al contrario. En las últimas elecciones municipales, uno de cada dos cordobeses que metieron una papeleta en la urna escogió la del Partido Popular, y lo hizo para propiciar un cambio en el gobierno. Las matemáticas nos obligan a concluir que hubo muchos votantes tradicionales de la izquierda que decidieron cambiar el sentido de su voto y confiar en quien -hasta entonces- no lo había merecido. Todo legítimo, respetable y democrático. Lo que me sorprende es que tantos de esos nuevos electores reconozcan no haber medido las consecuencias de su decisión.
En apenas dos meses de mandato, el nuevo gobierno municipal se ha hecho acreedor de un importante número de críticas, firmadas por vecinos, comerciantes, funcionarios, peatones o empresarios. Renuncio a ejercer la defensa o la acusación, pero es de justicia reconocer que nada de lo que los nuevos concejales han hecho se aleja de lo que -expresa o tácitamente- dijeron que iban a hacer.
No me he parado a contar el número de votos que obtuvo el PP en la Fuensanta, pero seguro que fueron bastantes más de los habituales. De manera que, estadísticamente, muchos de los que ahora se quejan de las decisiones de la nueva junta de gobierno han tenido que contribuir, con su granito, a que se sienten donde se sientan. ¿Qué esperaban? ¿No sabían quién iba a ser el responsable de festejos? ¿Confiaban en compartir con él una campanita y una camiseta con la imagen del caimán?
Elegir una papeleta debe de ser un acto reflexivo y consciente, y no es de recibo criticar a quienes votamos porque hagan lo que prometieron.
Quien no sea capaz de prever las consecuencias de sus acciones, que se haga relojero.

8/8/11

Los mercados no existen

Nunca he sido partidario de las teorías conspiratorias, pero -desde hace un par de años para acá- no encuentro otra explicación a esta sarta de mentiras entre las que nos toca sobrevivir: todo es una gran farsa.
Cada vez estoy más convencido de que los mercados no existen. Un día, a alguien que buscaba argumentos para desmontar el estado del bienestar, se le ocurrió la gran trola, nos la contó y nos la creímos. “-Los mercados castigan el gasto público. Eliminemos los subsidios.”, “-Los mercados no confían en nuestra capacidad productiva a medio plazo. Aplacemos la edad de jubilación.”, “-Los mercados prefieren políticas estables. Cambiemos los gobiernos.” Y, claro, como no se puede luchar contra los mercados, sólo nos queda resignarnos, agachar la cabeza y confiar en que, al menos, el descabello sea certero.
Si te fijas, es la estrategia perfecta: en lugar de convencer al personal de la necesidad de sacrificio, les das tres datos y esperas que se convenzan solos. La primera fase del plan pasa por hacer creer a los pardillos que saben de lo que están hablando y que, a base de repetir 'hipotecas subprime', 'deuda soberana', 'stock options', 'primas de riesgo', 'deflación', 'diferencial', 'bono alemán'... tenemos un máster en macroeconomía por la Universidad de Connecticut. La segunda fase consiste en sacar por la tele -en un periódico digital también sirve- a dirigentes, analistas y expertos advirtiendo de que, si hacemos X, pasará Y, y -para demostrarlo- lo hacen y pasa: elevan los tipos y baja el IPC, sube el gasoil y caen las emisiones, compran deuda y se reduce la prima... El colofón aparece -en varios idiomas, para mayor credibilidad- disfrazado de armaguedón anunciador del apocalipsis, que nos amenaza con la bancarrota, la intervención y el rescate.
Y, aunque se les olvida recordarnos que España tiene una larga experiencia en entradas y salidas de quiebras -que se lo digan a Felipe II y a su maniobra para no pagar a la banca Fugger las deudas de su padre-, aunque nos ocultan que nuestra economía no puede ser intervenida porque ya lo está desde nuestro ingreso en la Unión Europea y -sobre todo- en el euro, aunque no nos dicen que lo del rescate es un camelo (¿rescatar a quién y de qué?, además, no hay recursos suficientes...), a pesar de todo eso, ya han conseguido que voluntariamente humillemos la cerviz, descubramos el morrillo y aceptemos el sacrificio inevitable.
¡Qué invento, el de los mercados! Si no lo ha hecho alguien ya, habría que patentarlo.

30/7/11

El lindo don Diego

Con la de asesores que allanan el camino a los políticos, parece mentira que ninguno le eche un rato a la hemeroteca. O esa es la sensación que da, porque, si no, ¿cómo se explica que asistamos -día sí, día también- a un catálogo de contradicciones, desmentidos y rectificaciones, y que nadie le saque provecho?
¿Cuántas veces hemos oído al mismo interlocutor decir lo uno y su contrario? Quien ayer aseguró que haría, hoy se hace el olvidadizo, y quien antes negó tres veces ahora cede a la primera. Donde dijo digo, dice diego con la bendición de sus incondicionales y la -incomprensible- absolución de sus enemigos. Si yo me moviese en ese lado de la frontera, no defendería más estrategia que la de airear incongruencias. Claro que, para actuar legítimamente, tendría que buscarme un jefe que pudiera tirar la primera piedra. Misión imposible.
En el s. XVII, Agustín Moreto definió a Diego (por boca de Mosquito, en El lindo don Diego): “En el discurso parece ateísta y lo colijo de que, según él discurre, no espera el día del juicio. A dos palabras que hable le entenderás todo el hilo del talento, que él es necio pero muy bien entendido.”
Pues sí, estamos rodeados de diegos. Lo peor es que ellos lo saben -aunque no lo reconozcan- y se aprovechan de ello: de que nadie les escucha. Ni los suyos, ni los otros.

28/7/11

Sálvese quien pueda

Tengo un primo que es un alto cargo en una consejería. Bueno, en realidad es primo segundo de mi cuñado y no tiene cargo (y ni siquiera es alto), pero desayuna donde el delegado y me tiene al tanto de las inquietudes del personal. Me cuenta Manolo que las plantillas están revueltas -sobre todo de mitad del escalafón para arriba- a la espera de lo que puede venir. Y más teniendo el referente cercano de lo que está pasando en los ayuntamientos y en las diputaciones.
Muchos de los que antes sacaban a ondear el carné del partido y se besaban el escudo de la camiseta cuando el jefe marcaba un gol, ahora presumen de méritos y profesionalidad, y defienden que ocupan una dirección general, una jefatura de área, una gerencia o algo similar sólo por su currículum laboral, y que nada influyó en su nombramiento el ser íntimos del secretario de organización de turno.
Hasta las afecciones y las desafecciones nacen, crecen, se reproducen y mueren. Mi primo (bueno: Manolo) me cuenta que ha visto a alguno partir en dos un carné (de los plastificados) en acto de pública apostasía, y presumir de la antigüedad de su nueva camisa a quien apenas le llega al cuello.
Y es que el instinto de supervivencia nos enseña a alejarnos del árbol que nos protege cuando advertimos que le va a partir un rayo, y nos conduce a buscar refugio bajo otras hojas. Cuando buena parte del bosque está ya carbonizado, los que se habían habituado a disfrutar de la mejor sombra pasean -sin pudor- su pánico a la intemperie.
Todos buscan una nave en la que embarcar -la tripule quien la tripule- y se ciscan en la frase de Méndez Núñez. No sé qué de las honras, de los barcos... y de la vergüenza.

15/7/11

Peligro: chevauchée

En el s. XIV, Eduardo III -rey de Inglaterra-, decidido a terminar la guerra con Francia por la vía rápida, recuperó una vieja táctica militar, la chevauchée, que consistía en enviar a una fuerza de élite -integrada por nobles caballeros- a asolar las aldeas desprotegidas, sembrar el pánico entre la población indefensa, asesinar a los campesinos, violar a sus mujeres, saquear, robar y quemar las tierras y las casas. Este imperio del terror dio sus frutos, aunque la guerra duró más de cien años.
En el s. XXI, a pesar de que en Europa los conflictos afortunadamente ya no son bélicos y de que las conquistas se sustentan en otros criterios y persiguen otros objetivos, seguimos sufriendo estas cabalgadas. Las chevauchées de nuestros días están protagonizadas por individuos de chaqueta y corbata que, subidos en AVE, en mystère o en coche oficial, acosan a los incautos aldeanos, les hacen promesas, los embaucan, obtienen lo que habían venido a buscar y regresan a sus cuarteles de invierno.
Ya no son nobles a caballo, pero siguen siendo la élite y continúan provocando el desconcierto entre la población.

10/7/11

Los políticos y la anosmia

Como regla general, las capacidades, las virtudes y las cualidades de los individuos (e incluso de los grupos humanos) no se valoran hasta que desaparecen, hasta que la realidad deja de parecerse a su recuerdo. Ocurre con la vista, con el oído o con la resistencia física -cuyo deterioro es evidente-, pero no con el olfato. La anosmia, la pérdida de la habilidad olfativa, sólo se reconoce cuando se supera.
Un día, alguien te advierte: “-Huele a gas” y tú le miras con cara de “-Pues yo no he sido”, porque no tienes ni idea de qué te está hablando; o alucinas cuando a tu acompañante se le trasmuta el rictus embriagado por el presunto aroma a dama de noche que tú sólo aciertas -y vagamente- a recordar. Pero, aún así, no llega a ser un problema, porque la nariz -a diferencia de los ojos o los oídos- parece no trabajar a jornada completa y, además, con un rol de fuente de información subsidiaria (o, cuando menos, complementaria) que le condena a la triste y humilde prescindibilidad. Sólo cuando la anosmia se reduce a un síntoma tachado en un historial médico, los aromas (cotidianos y exóticos, dulces y acres, fragantes y pútridos, frescos y añejos) recuperan su protagonismo y se incorporan al álbum de los sentidos; como aquella fotografía que -amarilla- aparece entre las páginas de un libro, para rescatar de la memoria el sabor de la sal, el olor del alcanfor y los ecos apagados de una pista de baile.
La anosmia es un mal que afecta frecuentemente a los políticos (casi siempre, a los más veteranos) del gobierno o de la oposición. Esta pérdida de olfato les conduce, una y otra vez, a recaer en los mismos errores y desencuentros frente al colectivo al que creen representar. Tampoco en esta variante, la anosmia es detectada por el paciente hasta que el redescubrimiento del olor anuncia el final del problema. Hasta que eso ocurre, gobernantes y aspirantes se mantienen indiferentes al hedor que a menudo les acompaña.
Cuando lo huelen, siempre es demasiado tarde.