Tengo un primo que es un alto cargo en una consejería. Bueno, en realidad es primo segundo de mi cuñado y no tiene cargo (y ni siquiera es alto), pero desayuna donde el delegado y me tiene al tanto de las inquietudes del personal. Me cuenta Manolo que las plantillas están revueltas -sobre todo de mitad del escalafón para arriba- a la espera de lo que puede venir. Y más teniendo el referente cercano de lo que está pasando en los ayuntamientos y en las diputaciones.
Muchos de los que antes sacaban a ondear el carné del partido y se besaban el escudo de la camiseta cuando el jefe marcaba un gol, ahora presumen de méritos y profesionalidad, y defienden que ocupan una dirección general, una jefatura de área, una gerencia o algo similar sólo por su currículum laboral, y que nada influyó en su nombramiento el ser íntimos del secretario de organización de turno.
Hasta las afecciones y las desafecciones nacen, crecen, se reproducen y mueren. Mi primo (bueno: Manolo) me cuenta que ha visto a alguno partir en dos un carné (de los plastificados) en acto de pública apostasía, y presumir de la antigüedad de su nueva camisa a quien apenas le llega al cuello.
Y es que el instinto de supervivencia nos enseña a alejarnos del árbol que nos protege cuando advertimos que le va a partir un rayo, y nos conduce a buscar refugio bajo otras hojas. Cuando buena parte del bosque está ya carbonizado, los que se habían habituado a disfrutar de la mejor sombra pasean -sin pudor- su pánico a la intemperie.
Todos buscan una nave en la que embarcar -la tripule quien la tripule- y se ciscan en la frase de Méndez Núñez. No sé qué de las honras, de los barcos... y de la vergüenza.